Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —O incluso —sugirió Sir Claude— un billete de diez libras. —Ella se sonrojó ante este súbito cuadro de lo que a lo mejor habÃa perdido, y él lo hizo más vÃvido agregando—: Totalmente apretujado en una bolita, ya sabes: ¡es su manera de tratar los billetes como si fueran rizadores! —El sonrojo de Maisie se intensificó por la inmensa plausibilidad de aquella hipótesis asà como por una novedosa oleada de esa conciencia que siempre estaba ahà para recordarle cuánta inteligencia poseÃa Sir Claude: la conciencia de cuantÃsimo mejor que ella conocÃa él a mamá a fin de cuentas. Maisie habÃa convivido muchÃsimas veces con ella sin jamás descubrir de qué material estaban hechos sus rizadores y sin jamás asistir a ningún otro de los momentos en que habÃa manejado billetes. De cualquier manera la apretujada bolita habÃa rodado delante de sus ojos para nunca más volver… exactamente cual si hubiera sido una de aquellas bolas de billar que hacÃa correr el formidable taco de Ida. Sir Claude volvió a ofrecerle el brazo, y para cuando se halló sentada a la mesa ella ya habÃa decidido definitivamente el montante de la suma sin la cual se habÃa quedado. Empero, todo lo que la rodeaba —la atestada sala, el vistoso banquete, el sabor de los distintos platos, el espectáculo de los comensales— invitaba a la alegrÃa de vivir. Después de la cena fumó con su amigo —pues eso fue exactamente lo que ella tuvo la sensación de hacer— en el pórtico, una especie de terraza, donde los encendidos extremos de los cigarros y los ligeros vestidos de las damas formaron, bajo las venturosas estrellas, una poesÃa casi embriagadora. Hablaron muy poco, y se sintió ligeramente sorprendida de que él no preguntara nada más acerca de lo que habÃa dicho su madre; pero ella no sentÃa ninguna necesidad de hablar: en todas las cosas a su alrededor habÃa un son y un significado propios a los cuales nada podÃan añadir las palabras. Fumaron y fumaron, y hubo cierta dulzura en la taciturnidad de su padrastro. Al final él dijo—: Demos otro garbeo… pero tú regresarás enseguida a acostarte. ¡Ah, ya lo sabes: a partir de ahora vamos a seguir una disciplina! —Su garbeo los condujo otra vez al jardÃn, siguiendo los sombrÃos senderos desde los cuales se veÃan los negros mástiles y las rojas luces de las embarcaciones y se oÃan las exhortaciones e imprecaciones que evidentemente tenÃan relación con felices viajes al extranjero; y una vez más su disciplina consistió en entenderse maravillosamente durante este nuevo vagabundeo sin necesidad de explÃcitas palabras. Y sin embargo él terminó por hablar; mientras arrojaba al suelo una cerilla con que habÃa prendido más tabaco espetó—: Necesito caminar un poco. Me siento agitado: necesito sosegarme con una caminata. —Maisie convino en esto al igual que convenÃa en todo; ante lo cual él prosiguió—: Ve a reunirte con la señorita Ash. —Asà habÃan principiado a llamarla—. Comprueba que no ha hecho ninguna tonterÃa. ¿Sabrás ir sola?