Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Maisie se sentía confundida y posteriormente reflexionó durante algún tiempo sobre que había habido cierta imprecisión, sólo levemente turbadora, respecto del objeto de tanta juerga y del lugar donde su institutriz había estado viviendo realmente. No se sentía en absoluto como si se lo hubieran explicado en serio, y el sentimiento de que sí se lo hubieran explicado en serio no le fue tampoco instilado por nada que aconteciera más tarde. Su turbación, de un orden precoz e instintivo, terminó desembocando en la idea de que aquél era otro de esos asuntos que a ella, como solía decir su madre, no le incumbían. En consecuencia, bajo el techo de su padre y durante el periodo que siguió, no realizó ningún intento de aclarar aquella ambigüedad ganándose engatusadoramente a las doncellas; y, aunque semeje extraño, lo cierto es que la tal ambigüedad no disminuyó para nada el auténtico placer anunciado por un renovado contacto con la señorita Overmore. La confianza que pedía esta joven era de esa excelente naturaleza en que no son precisas las explicaciones, y de cualquier modo ella misma era un ser que estaba por encima de cualquier confusión. Para Maisie, aparte, los ocultamientos nunca se habían asemejado necesariamente a un engaño: había crecido rodeada de cosas sobre las cuales lo más que sabía era que nunca debía hacer preguntas sobre ellas. Para ella no era ninguna novedad que las preguntas de los menores constituyen la diversión favorita de los mayores: salvo las tribulaciones de su muñeca Lisette, en casa de su madre apenas había habido jamás cosa alguna que pudiera ser explicada con cara seria. A ella nada le era tan fácil como lograr que se troncharan de risa las mujeres que venían de visita, y habría podido sacar partido de ello con fines ambiciosos si su naturaleza hubiese sido más calculadora. Detrás de todo siempre había algo oculto: la vida era como un corredor muy, muy largo con infinidad de puertas cerradas. Había aprendido que era prudente no llamar a esas puertas: ello parecía provocar al otro lado tremendas risas de regodeo. Poco a poco, no obstante, fue entendiendo un poco, pues vino a suceder que la iluminaron las preguntas que a ella misma le hacía Lisette, que reprodujeron el efecto que causaban las suyas propias en las personas para quienes ella adolecía de idéntica ignorancia que aquélla de la que hacía gala Lisette. ¿No se partía de risa ella misma ante tamaña inocencia? En presencia de dicha inocencia ella frecuentemente imitaba a las tronchadas mujeres. De todas formas había cosas que desde luego no le podía contar ni siquiera a una muñeca francesa. No podía sino retornar a sus lecciones y tratar de producir en Lisette la impresión de que había misterios en la existencia de ella, preguntándose entretanto si ella lograba realmente conferirse a sí misma un aire de difuminarse, al igual que su madre, hacia lo incognoscible. Cuando el reinado de la señorita Overmore sucedió al de la señora Wix, ella encontró un nuevo modelo emulando a su institutriz y olvidándose del intervalo precedente gracias a la mera ilusión de haber asumido responsabilidades. Sí, existían cuestiones que no se podían «tratar» con una alumna. Había, por ejemplo, días en que Lisette, tras una prolongada ausencia de Maisie y mientras la contemplaba quitarse el atuendo, porfiadamente trataba de descubrir de dónde había vuelto ésta. Vaya, un poco sí descubría, pero nunca lo descubría todo. Hubo una ocasión en que, ante una pregunta particularmente indiscreta por parte de la muñeca, Maisie le respondió —y precisamente respecto del motivo de una desaparición transitoria igual que a ella, a Maisie, le había respondido una vez la señora Farange: «¡Adivínalo si puedes!». Maisie imitó la brusquedad de su madre, pero luego se sintió un poco avergonzada, aun cuando no estuvo muy claro si fue a causa de la brusquedad o de la imitación.