Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —Mi querida amiga, estamos sencillamente ante un asunto sobre el cual debo decidir yo solo. Usted ha decidido por mÃ, ya lo sé, en buena medida, últimamente, de un modo que agradezco, se lo aseguro, con toda mi alma. Pero no puede usted estar haciéndolo siempre; nadie puede hacerlo por otra persona, ¿no se da cuenta?, en todos los casos. Hay excepciones, casos especiales que lo subvierten todo y que son endiabladamente delicados. SerÃa demasiado fácil que yo pudiera descargarlo todo sobre usted: serÃa dejarla asumir un grado de responsabilidad del que yo sencillamente me abochornarÃa. Se dará cuenta, estoy seguro, de que habrá asumido responsabilidad de sobra si tiene la bondad de aceptar la situación tal como se la presentan a usted las circunstancias y de permanecer aquà con nuestra amiguita, hasta mi regreso, en una posición de tanto disfrute y de tanto placer (y de tanta fe en mÃ, según creo que tengo derecho a agregar para ambas) como sea posible.
Oh, él se mostró en verdad principesco: ello resultó cada vez más patente con cada palabra que decÃa y con el peculiar modo como las decÃa, y Maisie sintió a la preceptora endurecerse casi con angustia contra el incremento del encanto masculino y luego refugiarse a la desesperada en la bastante obvia parvedad de la virulencia, de la iteración: