Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Tornaron a repasar todo aquello, y en realidad, conforme el rato se estiró merced a la propia fuerza de su hechizo, tornaron, a despecho de reticencias y suspicacias, a repasarlo absolutamente todo. La intensificada atención de ambas hacia el futuro palpitaba como un reloj que tictaqueara los segundos; pero era éste un cronómetro que inevitablemente, asimismo, aun en el mejor de los casos, de vez en cuando marcaba una hora funesta. Oh, hubo varias de éstas, y dos o tres de las peores en las antiguas murallas donde todo lo demás estaba hecho para el sosiego. No había nada en el mundo que más anhelara Maisie que ser tan maja con la señora Wix como le había pedido Sir Claude; pero precisamente porque tal anhelo concordaba con su inveterado instinto de mantener la paz fue por lo que se reavivó este último instinto. Desde el momento en que se reavivó, empero, dicho instinto encontró otro objetivo, y así fue como, sin ir más lejos, Maisie terminó creando los mismísimos conflictos que más había estado tratando de eludir. Lo que había hecho esencialmente, estos días, había sido leer en lo dicho lo no dicho; de tal suerte que, poco a poco, se le había aparecido cada vez más claro que lo no dicho se resumía, indeciblemente, en sacrificar sin misericordia a la señora de Beale. Había veces que cada minuto de la ausencia de Sir Claude equivalía a un nuevo clavo en el ataúd de la señora de Beale. A Maisie eso la hizo evocar —de un modo rocambolescamente indirecto— la singularidad y la antigüedad de su propia relación con la flor de los Overmore así como el donaire y el encanto de aquella dama, su peculiar hermosura e inteligencia e incluso sus peculiares tribulaciones. En la cabeza le bulló un centenar de pensamientos, pero un par de ellos fueron bastante simples. Ocurría que la señora de Beale era, al fin y al cabo, ni más ni menos que su madrastra, un familiar. También era ni más ni menos —y parcialmente por aquella misma razón— el mejor confidente de Sir Claude («confidente femenino» era el término que empleaba Maisie), de modo que la persona a quien según las prescripciones de la señora Wix ambos debían renunciar y con quien debían romper tajantemente toda relación era para uno de ellos su amiga bienamada y para el otro la esposa de su padre. Extrañamente, indescriptiblemente su percatación de los motivos se mantuvo a la par con su presentimiento de complicaciones; pues dentro de ella había algo que, sin necesidad de un supremo esfuerzo por no ser mezquina, no podía aceptar ciegamente tales motivos. A lo que para nosotros acaso todo va a parar es a que, tan abandonada e indefensa como la hemos visto, en su vida seguía presente un eco de la influencia de sus progenitores: aún recordaba una de las lecciones sagradas de su hogar. Era la única que ella preservaba, pero por fortuna la preservaba devotamente. En resumidas cuentas disfrutaba de una indeleble visión de que su padre y su madre solían motejarse mutuamente de persona abyecta por hacer o dejar de hacer ciertas cosas. Ahora aquel precioso recuerdo le brindaba la expresión que la aterraba imaginar pronunciada por los labios de la señora de Beale: se estremecería infinitamente de oírsela. El propio deleite de la estancia en el extranjero en la que ella estaba a cubierto incrementaba la posibilidad de tales punzadas a medida que se prolongaba la ausencia de Sir Claude. Sentada al lado de la señora Wix estaba contemplando la gran Virgen dorada, y una de las ancianas de largos pendientes se levantó del otro extremo del banco dispuesta a marcharse.