Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Finalmente se disipó toda aprensión conforme mejoró el tiempo: fue inmenso el efecto que en ellas tuvo aquello y el clima se volvió tan delicioso como garantizara Sir Claude. Ello produjo tal impresión de que él poseyese el secreto de las cosas, y la alegría de vivir permeó a sus amigas hasta tal punto, que paulatinamente el espíritu de la esperanza invadió la atmósfera y finalmente tomó posesión de la escena. Era formidable pasear en carruaje a lo largo de las magníficas escolleras, pero acaso era aún mejor caminar a la sombra —pues el sol caía a plomo— por el multicolor y multiolor port y a través de aquellas calles en las cuales, a ojos ingleses, todo lo que era igual resultaba misterioso y todo lo que era distinto resultaba chistoso. Lo mejor de todo era proseguir la caminata subiendo por la larga Grand’ Rue hasta las puertas de la haute ville y, pasando bajo éstas, continuar ascendiendo hasta llegar a la zona de las pintorescas y ruinosas murallas, con sus hileras de árboles, sus tranquilos rincones y acogedores bancos donde se sentaban a hacer calceta o a dar cabezadas ancianas morenas con notorias cofias de blancos pliegues y notorios largos pendientes de oro, sus casitas de fachada amarilla que parecían los hogares de usureros o de sacerdotes y su oscuro château donde ganduleaban soldaditos repantigados sobre el puente que cruzaba un foso vacío y donde la colada militar colgaba puesta a secar en las ventanas de las torres. Fue ésta una zona que llevó a Maisie a inquirir si todo aquello no se ajustaba a la perfección a la imagen que se tenía del medievo; y como hubo más satisfacción que desconcierto en advertir, y no por vez primera, los límites intelectuales de la imaginación histórica de la señora Wix, ello no hizo sino añadir una más a la variedad de clases de comentarios propios del papel de guía que ella sentía que era su deber desempeñar. Se sentaban juntas en el antiguo bastión gris; contemplaban desde su atalaya el panorama de la diminuta ciudad nueva que a ellas les parecía no menos antigua y la gran cúpula rematada por una Virgen áurea de la iglesia que, según se les antojó, era famosa y que las complacía por su desemejanza con cualquier otro lugar donde ellas hubieran rendido culto. Más tarde recorrían este templo y la señora Wix solía confesar que por su parte probablemente había cometido un error fatal al no hacerse católica cuando joven. A su vez tal confesión ocasionaba que Maisie se preguntara con considerable interés qué grado de vejez era el que ahora le cerraba las puertas a la posibilidad de enmendar ese error. La segunda mañana volvieron a las murallas: era el lugar donde les parecía haber llegado más lejos en su viaje en aras de una separación de todo aquello que en el pasado había sido objetable; allí volvieron a sentir la impresión que había contribuido más que ninguna a hacer nacer una confianza que por parte de Maisie era voluntaria y que esta niña veía que por parte de su compañera era desesperada. Durante muchas horas había tenido tanta sensación de mostrarle cosas a la señora Wix que ella fue relativamente tarda en percatarse de ser simultáneamente objeto de una aspiración similar. El proceso se aceleró, empero, a partir del momento en que tuvo una vislumbre de ello: entonces ello halló su acomodo dentro de la general, la habitual concepción que Maisie tenía del especial fenómeno que, de haber sentido la necesidad de denominarlo de alguna manera, ella misma habría definido como su propia dedicación a las cosas que sabía. Esta dedicación nunca fue tan intensa como en este periodo que pasó junto a su vieja institutriz en espera de la reaparición de Sir Claude, y lo que le dio intensidad fue precisamente percibir que la señora Wix tuvo una renovada sospecha de la existencia de la susodicha dedicación. Hasta ahora la señora Wix jamás había tenido una sospecha —esto era indudable— tan intencionalmente deliberada para poner a su educanda, pese a la estrecha unión de ambas durante semejantes ratos venturosos, profundamente a la defensiva. Verdad es que ahora su educanda hizo tantos descubrimientos portentosos como durante el carrerón hacia Folkestone; y si en aquella ocasión en compañía de Sir Claude la señora Wix había sido el constante punto de referencia, parejamente ocurrió que en estas horas en compañía de la señora Wix Sir Claude constituyó —y sobre todo durante largos lapsos de silencio— el perpetuo, el insoslayable tema. Todo aquello las retrotrajo a las primigenias impresiones sobre el matrimonio de él y al puesto que él había ocupado en el cuarto de estudio durante aquella crítica etapa de amor y dolor; sólo que ahora él mismo había hinchado, hasta convertirlo en un globo muchísimo mayor, el gran sentimiento entonces concebido en el interior de ellas.