Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Estaba también la solución de coger una segunda institutriz, una joven que viniera de día y que realmente realizara esa tarea; pero de esto no quería ni tan siquiera oír hablar la señorita Overmore, disputando en contra para gran deleite de las visitas y preguntándoles a todos los presentes —se lo planteó incluso a la misma Maisie— si no se daban cuenta de cuán espantosamente ello equivaldría a su propia deshonra pública. «¿A qué se rumoreará que estoy dedicándome (¿no se dan cuenta?) si no estoy viviendo aquí para cuidarla?». Se hallaba en una posición falsa y llamaba la atención sobre ello tan pródiga y sonoramente que ello casi parecía convertirse en un timbre de gloria. Desde luego la salida era que sencillamente ella cumpliera con su teórico deber; mas era desgraciadamente lo que él, con sus excesivas, sus exorbitantes exigencias sobre ella —las cuales por cierto todo el mundo pareció identificar perfectamente—, le impedía en la práctica egoístamente. Para la señorita Overmore, ahora Beale Farange se había convertido tan sólo en «él», y la casa estaba tan repleta como siempre de animados caballeros con quienes, utilizando tal designación, bromeaba a costa de «él». Entretanto Maisie, en calidad de objeto de audaz chismorreo acerca de lo que se iba a hacer con ella, era abandonada tantísimo a su propio arbitrio que durante largas horas pensaba con nostalgia en la gran entrega de que hiciera gala la señora Wix; y no obstante opinaba que bajo el techo de su padre se gozaba de la suprema ventaja de que ninguna de las visitas fuera femenina. Contribuía a este curioso sentimiento de seguridad la circunstancia de que una vez hubiese oído a un caballero decirle a su padre como si fuera un chiste estupendo y evidentemente en referencia a la señorita Overmore: