Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Ahora ya no le hacía falta, al menos en lo relativo a la pregunta en sí, ser más explícita: por lo demás ello era resultado secundario de su conjunta aprehensión silenciosa de aquello de lo cual —sí, vaya, ya que no había más remedio que afrontarlo— Maisie carecía tan definitiva y abrumadoramente. Esto marcó con mayor nitidez el momento en que la niña se percató de que su amiga se había elevado hasta un nivel que casi podía —por lo menos hasta que no fuera anulado por otros acontecimientos— pasar por sublime. Desde el comienzo de su propia huida no había tenido lugar nada más notable, ningún acto de percepción menos apto para ser bosquejado con nuestros rudimentarios medios, que la visión que ella tuvo, durante el resto de aquel día en Boulogne, del modo como la juzgaba la señora Wix. Hasta tal punto yo desespero de poder seguir aquí sus insonoros pasos mentales que me veo en la obligación de darles a ustedes toscamente mi palabra de honor de que de ahí en adelante el juicio traslucido por la señora Wix se fijó en la mente de la niña como un cuadro literalmente colgado ante sus ojos. La señora Wix la consideraba una personita que sabía tantísimo que, a la hora de resumirlo, lo que aún no sabía habría resultado irrisorio si no hubiera resultado incomodante. En verdad la señora Wix estaba más pertrechada que nunca para enfrentarse a cualquier tesitura incomodante; no estoy seguro de que Maisie no tuviese incluso una tenue idea de aquella insólita ley de su propia vida que la llevaba a originar tales grados de madurez en las personas adultas que ella trataba. Ella favorecía, por así decirlo, el desarrollo de éstas; nada habría podido ser más patente, verbigracia, que su éxito a la hora de favorecer el de la señora de Beale. Infirió que si toda la historia de su propia vida, al modo de ver de la señora Wix, había consistido en las sucesivas fases de su sapiencia, el verdadero clímax de semejante concatenación consistiría, siguiendo tal modo de ver, en la fase en que esa sapiencia rebosaría. Estando condenada a saber cada vez más, ¿cómo podría aquello detenerse, en buena lógica, antes de que supiera Casi Todo? A decir verdad mientras permanecían allí sentadas en la arena se le antojó que ya estaba claramente en camino de saber Todo. No en balde había tenido institutrices; ¿qué diantres había hecho constantemente sino aprender y aprender y aprender[23]? Contempló el rosado cielo con un plácido presagio de que muy pronto sabría Absolutamente Todo. Allí permanecieron en el encendido ambiente hasta que finalmente se tornó ceniciento, y decididamente ella parecía recibir nueva instrucción de cada soplo de brisa. En el momento en que se pusieron en marcha hacia su alojamiento era como si para la señora Wix aquella inevitabilidad se hubiera convertido en un largo hilo tenso, tirado por nerviosa mano, donde las valiosas perlas de la experiencia hubieran de ser pulcramente ensartadas.