Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Ya era lo bastante mayor para caer en la cuenta de lo desproporcionada que estaba resultando su estancia en casa de su padre; y lo bastante mayor también para penetrar un poco en la incertidumbre que iba aparejada con dicha desproporción, que se le antojaba especialmente opresiva siempre que se abordaba la cuestión en conversación con su institutriz. «¡Oh, no te preocupes: a ella le da completamente igual! —le había dicho a menudo la señorita Overmore, aludiendo a cualquier temor de que su madre fuera a resentirse de la prolongada retención—; tiene otras personas de quienes preocuparse que no de la pobrecita de ti, y se ha marchado al extranjero con ellas; conque esta vez no tienes por qué temer de ninguna manera que se presente para pretender hacer valer sus derechos». Maisie ya sabía que la señora Farange se había marchado al extranjero, pues muchas, muchísimas semanas atrás había recibido una carta suya que se iniciaba con un «Mi precioso animalito» y mediante la cual su progenitora se había despedido de ella por un periodo indeterminado de tiempo; sin embargo a ella no le había parecido que aquello equivaliera a una renuncia al odio o a la política que la remitente practicaba de hacer valer sus derechos, pues la más firme de las impresiones de Maisie era que nunca habría nada que sedujera tanto a su madre como incordiar al señor Farange. Lo que a este respecto había, empero, que en último término resultaba preocupante y un poco terrorífico era el alborear de la sospecha de que había sido descubierto un modo de incordiar al señor Farange más eficaz que privarlo de su periódica carga. Fue éste un punto que turbó a nuestra pequeña y que las intimaciones de la señorita Overmore y las frecuentes observaciones del patrón de ésta no hicieron sino volver más inquietante. Había una contradicción en la circunstancia de que, si ahora Ida había encontrado placer en ceder los derechos que con tanto ardor defendiera antaño, su exmarido no se sintiera entusiasmado ante un monopolio por el cual él también había luchado tan denodadamente en un primer momento; mas cuando Maisie sondeó en esta nueva parcela, con una sutileza por encima de sus años, su principal resultado fue el de oír cómo insultaban con renovados bríos a su madre. Hasta ahora la señorita Overmore rara vez se había desviado de la práctica de una honrosa discreción; sin embargo amaneció el día en que se expresó con una vividez nada inferior a la de Beale acerca de la cuestión de la dama que se había escabullido hacia el Continente para zafarse solapadamente de sus estipuladas obligaciones. Le estaría bien merecido a dicha dama, entendió Maisie, si su convenio, bajo la forma de una hija crecidita y sin apenas con qué vestirse, le fuera reexpedido sin contemplaciones y depositado a sus pies en medio de aquellos escandalosos excesos.