Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía La señora de Beale, sentada a la mesa entre las otras dos, claramente atrajo tanta atención como vaticinara la señora Wix. Ninguna de las otras mujeres presentes era ni por asomo tan guapa, ni la belleza de ninguna otra poseía tanto donaire a la hora de aceptar el homenaje que se le tributaba. Habló primordialmente con la otra comensal, y eso le permitió a Maisie observar cómo eran atraídas las miradas ajenas e intercambiados los codazos, y concentrarse en la multitud de significados que, nebulosamente todavía y sin organizar, mas con una vividez que potenciaba la aprensión, ella principiaba a discernir en la inesperada jugada de su madrastra. La señora Wix la había orientado cuando había hablado de una estratagema: era aquélla una presunción en la que la jugada podía asumir un aire estratégico. Sus nociones sobre estrategia eran tenues, pero una especie de estratégica espalda gélida y un codo de punta más acusada de lo habitual eran lo que, por lo menos transitoriamente, le estaba siendo mostrado por la orientación de la cabeza de la señora de Beale hacia el lado opuesto. Había una expresión que a Maisie le era muy familiar, pues a menudo era utilizada por esta dama para significar que era posible obtener lo que se deseaba: uno lo obtenía —la señora de Beale siempre decía que en todo caso ella lo obtenía o procuraba obtenerlo «cortejando». En el momento presente estaba cortejando, por singular que pudiera parecer, a la señora Wix, y la mente de su amiguita nunca había evolucionado con tanta libertad como cuando de esta guisa se halló cara a cara con la incógnita de qué estaba procurando obtener la señora de Beale. Este rato de omelette aux rognons y poulet sauté, mientras aquella única sobreviviente de los integrantes del cuarteto de padres, la cuarta de ellos, literalmente parloteaba con la institutriz, de veras impulsó a Maisie a cavilar si la institutriz sabría resistir. Fue extraño, pero en un periquete se volvió tan interesada en el sentido moral de la señora Wix como la señora Wix pudiera estarlo en el suyo: se le había aparecido apremiantemente claro que todo esto era algo nuevo para la capacidad de resistir de la señora Wix. Resistir a la señora de Beale en carne y hueso prometía sobradamente resultar muy distinto de resistir a la opinión que de la misma tenía Sir Claude. De los últimos acontecimientos —cualesquiera que hubiesen sido— podrían derivarse muchas más consecuencias de lo que Maisie había creído que podría esperarse. Sumó aquello a la sospecha de que, si alguna vez en su vida hubiera tenido que cambiar un soberano, ello se habría asemejado a esta impresión, originada por su ignorancia de la aritmética, de que le habían dado mal el cambio; indujo de todo ello que acaso estaba desempeñando el papel de parte pasiva en un caso de alevosa suplantación. Una víctima era lo que sin duda sería ella si el conflicto entre sus padrastros se había saldado con que la señora de Beale había dicho: «Pues bien, si ella puede vivir sola con nada más que uno de nosotros, ¿quién diantre más indicado que yo?». Aquella solución estaba muy alejada del sueño que, durante días, ella había acariciado, y la desolación que le producía se veía acrecentada por la ausencia de cualquier indicio de que Sir Claude no la hubiera acatado como definitiva. ¿Acaso la señora de Beale no había declarado prácticamente, en el piso superior, que se había separado de él en un estado de tensión, que lo había dejado, lo había abandonado en pleno Londres, después de alguna trifulca a consecuencia de la cual su propio viaje pretendía demostrar que a efectos prácticos lo había sacrificado? Maisie asistió en su imaginación al probable episodio en Regent’s Park, detectando ingredientes casi de terror en la posibilidad de que no se hubiera jugado limpio con Sir Claude. Ingredientes que se vieron reforzados, mientras seguía sentada allí, aun por el orgullo de que la relacionaran con una mujer tan guapa como la señora de Beale; y la niña llegó a olvidar que, aunque sacrificar a la propia señora de Beale no era una solución inventada por ella, no tenía nada de inconcebible que ella hubiese podido, sin una decidida renuencia, contemplar a Sir Claude entregarse a este propósito.