Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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La señora de Beale también había experimentado deleite ante las costumbres extranjeras; mas las oportunidades de su hija para explicárselas fueron inopinadamente anuladas por el tono de amplio conocimiento que asumió. Una de las cosas que cercenaron de raíz cualquier posibilidad de disfrutar de esa exuberancia fue el atónito retraimiento de Maisie ante el hecho de que precisamente en una vida continental era en lo que casi había sido educada su madrastra[24]. Fue la propia señora de Beale, chocantemente, quien comenzó a enseñarles todo a sus amigas: fue ella quien, adondequiera que se encaminaran, fue la intérprete, la historiadora y la guía. Se mostró pletórica de referencias a sus antiguos viajes… cuando había tenido dieciocho años: en aquella época había pasado, con una distinguida familia holandesa, una temporada a orillas del Lago de Ginebra. En los viejos tiempos Maisie ya había sido obsequiada con anécdotas de estas aventuras, pero con el tiempo se habían tornado fantasmales, y la manifiesta ausencia de extrañeza que la protagonista de tales aventuras exhibía en Boulogne, su erudición sobre algunos de los mismísimos temas sobre los cuales Maisie se había mostrado erudita ante la señora Wix, constituyeron una elevada nota de la majestuosidad, de la variedad de dotes, con que ella las anonadó. Todo ello formó parte de la brisa que propulsó su navegación y de la vividez con que ahora su hija iba a sentir el peso de su mano. El efecto de dicha mano sobre Maisie iba a añadir la carga del transcurso del tiempo a la tristeza de la partida de Sir Claude. Este lapso, a su sentir, duraba ya innumerables días; era como si, con el foco de agitación trasladado así a Francia y ahora sin mamá ni la señora de Beale ni la señora Wix ni ella misma a su lado, él debiera de sentirse terroríficamente solo en Inglaterra. Hora tras hora ella tuvo la sensación de estar esperando; sin embargo no habría sabido decir exactamente qué. Hubo momentos en que el torrente de charla de la señora de Beale fue como una simple algazara destinada a sofocar un ruido inquietante. En ningún momento de la crisis la algazara mostró tan patentemente su finalidad como cuando, en vez de dejar que Maisie se fuera con la señora Wix a adecentarse para la cena, la empujó —y con una energía por fin inconfundiblemente física— directamente al cuarto heredado de Sir Claude. Allí con sus propias manos industriosas dejó peripuesta a su pequeña protegida; entonces espetó:


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