Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Maisie paseó con él durante un lapso de tiempo sobre cuya duración no habría sabido decir nada excepto que fue demasiado breve para convertirlo en lo que ella ansiaba: en un intervalo, una barrera infinita, infranqueable. Deambularon, vagabundearon, contemplaron escaparates; hicieron todas las antiguas cosas tal como si intentaran recobrar toda la antigua seguridad, obtener de ellas lo que siempre habían obtenido antaño. Esto último había hecho acto de presencia antaño, fuera lo que fuese, sin que hubieran de buscarlo, mientras que ahora nada hacía acto de presencia salvo una intensísima conciencia de su búsqueda de ello y de su amparo en un subterfugio. Lo más extraño era lo que en realidad había acontecido a la antigua seguridad. Lo que en realidad había acontecido era que Sir Claude era «libre» y que la señora de Beale era «libre», y que sin embargo la nueva coyuntura era extrañamente aún más opresiva que la antigua. Ella advirtió que Sir Claude compartía su parecer de que dicha opresión sería mucho más intolerable en el hospedaje, donde, hasta que no fuera tomada alguna decisión, experimentarían la ausencia de algo; ¿de qué otra forma cabía calificar ese algo ausente excepto como una sólida base? El problema de tal decisión se perfilaba ante ella de un modo más tremebundo en este instante: dependía, tal como por fin lo había comprendido, enteramente de ella. La elección que ella tenía que hacer, como la había denominado su amigo, se alzaba allí ante ella cual una irrealizable suma en una pizarra, una suma que pese a sus alegatos en pro de un ratito de reflexión ella sencillamente pospuso mientras paseaba con él. Antes de resolver la suma debía hablar con la señora Wix; por consiguiente cuanto más postergara esa reunión más alejaba el calvario que la aguardaba. En el momento presente no se preocupó en absoluto de aquella tarea: a fin de eludirla se limitó a impregnarse profundamente de la compañía de Sir Claude. No se fijó en ninguna de las cosas en que le había gustado fijarse hasta el momento: no sintió ningún contacto del escenario extranjero que durante los primeros días había tenido siempre ante sí. El único contacto que sentía era el de la mano de Sir Claude, y sentir dentro la suya propia fue su muda forma de resistirse al transcurso del tiempo. Caminaba a la vera de él tan invidentemente como si él guiara a una niña a quien hubiesen vendado los ojos. Tenían miedo de sí mismos y en el hospedaje se encontrarían consigo mismos. Ahora ella estaba cierta de que lo que los aguardaba allí sería un almuerzo con la señora de Beale. Todo su instinto la impelía a eludir aquello, a prolongar el paseo, a buscar pretextos, a llevarlo hacia la playa, a llevarlo hasta el final del paseo marítimo. Él no agregó ni una palabra a lo que habían hablado durante el desayuno, y ella tuvo una tenue percepción de que para cualquiera a quien pusieran al tanto del asunto, por ejemplo para la señora Wix, aquel modo de no hacerla notar que él estaba intensamente a la espera de que ella dijera algo representaría una nueva prueba de su caballerosidad. Cierto es que una o dos veces, en el malecón, en la arena, él la miró durante unos instantes con una mirada que semejó proponerle que sin pérdida de tiempo partieran juntos a París. Empero, aquello no fue una treta para recordarle a ella la responsabilidad asumida. Obviamente él deseaba retrasar el retorno no menos que ella: no sentía ni una pizca más de prisa por retornar junto a las dos mujeres. En este momento la propia Maisie fue capaz de mostrarse secretamente cruel con la señora Wix… al menos hasta el punto de no importarle si su larga ausencia hacía que esta señora empezara a intranquilizarse por su educanda, o incluso que empezara acaso a cavilar si los dos que estaban haciendo novillos no habrían hallado alguna otra solución. Por cierto que idéntica fue cuando menos la falta de compasión que Maisie mostró hacia la señora de Beale… ya que debían de ser mucho mayores la intranquilidad y las cavilaciones de la señora de Beale por ser mucho mayor la persona que las motivaba. Cuando por último Sir Claude, al llegar al extremo de la plage, que ya habían recorrido, entre la colorista muchedumbre, de punta a punta, comentó de improviso, tras echar una mirada al reloj, que ya era la hora, no de retornar para la table d’hôte, sino de pasarse por la estación para comprar los periódicos de París; cuando comentó esto, digo, ella se halló imaginándose con cierta intensidad lo que iban a decir la señora de Beale y la señora Wix. En el camino hacia la estación ella llegó incluso a pintarse un cuadro mental del padrastro y la educanda establecidos en una localidad tranquila del Sur mientras en una localidad tranquila del Norte la institutriz y la madrastra permanecían vinculadas por una comunidad de desconcierto y por la infinita serie de comentarios a que ésta daría pábulo. Los periódicos de París ya habían llegado y su compañero, con una singular extravagancia, adquirió nada menos que once; esto consumió un buen rato mientras curioseaban en la librería del animado andén, donde los pequeños volúmenes de un anaquel eran todos amarillos o color rosa y una de sus entrañables ancianas tocada con una de sus entrañables cofias lo cameló zalameramente para que comprara tres. De esta guisa tuvieron ahora tantas cosas que transportar al hospedaje que habría resultado más fácil, con tal bagaje para un agradable viajecito improvisado por Francia, sencillamente «colarse», como lo denominó ella para sus adentros, en un coupé del tren que, a poca distancia de ellos, estaba a punto de partir. Maisie le preguntó a Sir Claude adónde se dirigía dicho tren.


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