Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Posteriormente ella no habría sabido decir cómo retornaron al hospedaje: tan sólo habría sabido decir que tampoco de la estación retornaron directamente, sino que una vez más se pusieron a vagar y deambular y, en determinado momento, se hallaron en el borde del muelle donde —aparentemente con todavía media hora por delante— estaba atracado el barco que se disponía a zarpar rumbo a Folkestone. Aquí curiosearon igual que en la estación; aquí volvieron a intercambiar silencios, pero únicamente silencios. En cubierta, escogiendo sitio, el mejor sitio posible, ya había unos cuantos puntuales pasajeros; algunos ya se habían acomodado, bien envueltos en sus mantas de viaje, con el rostro enfilado hacia Inglaterra y atendidos por el camarero, quien, confinado en semejante día a las tareas más livianas, se dedicaba a abrigar los pies de las damas o a descorchar botellas ruidosamente. Sin pronunciar una sola palabra ellos dos observaron todas estas cosas: incluso descubrieron un buen sitio para dos al socaire de un bote salvavidas; y si permanecieron allí embobados, sin resolverse a subir a bordo ni resolverse a abandonar el lugar, era Sir Claude no menos que ella quien no deseaba moverse. Era Sir Claude quien cultivaba aquella suprema inmovilidad gracias a la cual ella percibía mejor lo que él pensaba. Él pensaba simplemente que ya había percibido muy bien lo que ella misma pensaba. Pero ahora no había ninguna simulación de chistosidad: sus rostros eran serios, cansados. Cuando finalmente se movieron fue como si el miedo de él, su miedo de su propia debilidad, se apoyase en ella pesadamente mientras circundaban la bahía. Cuando penetraron en el vestíbulo del hotel ella vio un viejo baúl maltrecho que identificó: una arcaica maleta con etiquetas que ella conocía y con una gran W rotulada, recientemente repintada e intensamente personal, que por su parte pareció contemplarla fijamente a ella como si la hubiese reconocido e incluso sospechase vagamente de ella. También Sir Claude reparó en el baúl, y ambos se notaron inquietos ante la presencia de este artículo de viaje. ¿Acaso se marchaba la señora Wix y de esa manera su educanda se veía, de improviso, librada de la responsabilidad de repudiarla? Su educanda y el compañero de su educanda, petrificados durante unos instantes, experimentaron, ante aquel agüero, una comunión más intensa que ante el tren de París o ante el paquebote del Canal; luego, todavía sin pronunciar una sola palabra, subieron apresuradamente las escaleras. Empero, una vez llegados al rellano, ya a resguardo de las miradas de las personas de abajo, los abandonaron las fuerzas de suerte que hubieron de sentarse a fin de recobrarlas: se sentaron en el último escalón mientras Sir Claude asía la mano de su hijastra con una vehemencia que en ocasión de diferente tenor sin duda la habría hecho gritar. Sobre el suelo yacían desparramados los libros y los periódicos.