Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía —¡No se la llevará usted, no! —Y la señora de Beale, con un gran salto salvaje, asió ferozmente a su hijastra. La tomó del brazo y, culminando un instintivo movimiento, con otro brinco se llegó con ella hasta la puerta, que había sido cerrada por Sir Claude en cuanto la conversación había principiado a subir de tono. La señora de Beale se apoyó contra la puerta e, incluso mientras seguía apostrofando e improperando a la señora Wix, la mantuvo cerrada en la incoherencia de su excitación—. ¡No se la llevará usted; usted se largará sola; Maisie se queda aquí con su familia, por fin libre de usted! ¡Nunca en mi vida había oído nada tan monstruoso! —Sir Claude ya había rescatado a Maisie y la tenía bien sujeta: la mantuvo ante sí, con las manos delicadamente posadas en los hombros de la niña y la mirada orientada hacia las dos estruendosas antagonistas. Había desaparecido el rubor de la señora de Beale: se había puesto pálida de magna cólera. Continuaba dirigiéndole dicterios y exabruptos a la señora Wix; tenía pegada la espalda contra la puerta para impedir la marcha de Maisie; parecía querer arrojar a la señora Wix por la ventana o la chimenea—. ¡Está usted buena, señora «Discutir Relaciones», con eso de que ella estaba «de parte de nosotros» y otras lindezas! Y ¿qué diantres son nuestras relaciones sino un común amor hacia la niña que constituye nuestra obligación y la misión de nuestras existencias y que desde los comienzos nos ha mantenido tan estrechamente unidos?