Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía —¡Adiós! —profirió para Maisie; luego atravesó impetuosamente el saloncito y desapareció en la habitación contigua.
Sir Claude ya había avanzado hasta la puerta del corredor y la había abierto. La señora Wix salió aprisa. En el umbral Maisie todavía hizo una pausa: le tendió la mano a su padrastro. Él se la estrechó y se la retuvo un momento, y sus miradas se enfrentaron ostentando la expresión de quienes han hecho todo lo posible el uno por el otro.
—Adiós —repitió él.
—Adiós. —Y Maisie siguió a la señora Wix.
Lograron alcanzar el paquebote, que casi había zarpado ya, y, navegando a todo vapor sobre los abismos marinos, se sintieron a bordo tan mareadas y asustadas que malgastaron la mitad del viaje en hacer amainar su malestar. Amainó con lentitud e imperfección; mas por último, a mitad del Canal, rodeadas de la mar en calma, la señora Wix hizo acopio de fuerzas para volver al asunto:
—Yo no volví la vista atrás; ¿y tú?
—Yo sí. Él no estaba allí —dijo Maisie.
—¿Quieres decir que no estaba asomado al balcón?
Maisie guardó silencio unos instantes; después se limitó a repetir:
—Él no estaba allí.