Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Tal cantidad fue lo bastante voluminosa como para llenar los días de la niña de una sensación de hallarse en un perpetuo paréntesis que ni siquiera la francesita Lisette lograba animar: de juegos ya periclitados y preguntas no respondidas y temidas pruebas; y del hábito, en especial, generado por su espera de un cambio, de atisbar desde el pasamanos siempre que sonaba el timbre de la puerta. Éste era el gran refugio de su impaciencia, mas lo que en tales ocasiones le llegaba era un estruendo de alborozos en el piso de abajo cuya consecuencia, desde su primera infancia, había sido instilarle la creencia de que la condición adulta era la edad de la verdadera diversión y sobre todo la de la verdadera amistad. Ni siquiera Lisette, ni siquiera la señora Wix la habían tratado a ella nunca, le parecía, a despecho de abrazos y lágrimas, con la confianza con que en la actualidad tantísimas personas trataban a la señora de Beale y con la que antaño tantísimas otras habían tratado a la señora Farange. La nota de la hilaridad acercaba entre sí a las personas todavía más que la nota de la melancolía, que era la que exclusivamente sabía tocar, sin ir más lejos, la pobre señora Wix. Pese a todo, en estos días a Maisie le gustaban aquellos jolgorios domésticos con tal que sólo le llegara su eco desde lejos: se sentía tristemente desvalida en cuanto a afrontar las preguntas del salón. Era una razón adicional para sacarle el máximo partido a Susan Ash, quien en su calidad de segunda doncella se movía en un nivel muy diferente y de quien, pese a ello, se dependía en buena parte para los ratos de la niña fuera de casa. Era su guía en peregrinaciones que poco tenían en común con aquellas claras y precisas horas de tomar el aire que habían dejado en la niña un vívido recuerdo de la ordenada mentalidad de Moddle. Bajo la égida de Moddle no había habido detenciones frente a escaparates ni codazos, en Oxford Street, acompañados de un «Arrea, fíjate en esa individua!». Lo que sí había habido había sido un gran rigor a la hora de cruzar la calle y una serena ausencia del temor que obsesionaba a la doncella (especialmente en las esquinas, por las cuales sentía no obstante una especial debilidad): el temor de que, como decía ella ominosamente, le «dijeran cosas». Los peligros de la ciudad no menos que sus diversiones aumentaban la sensación de abandono y repudio que experimentaba Maisie.


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