Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa Empero, la situación sufrió un brusco cambio el dÃa en que, al regresar —cogida de la mano de Susan y muerta de fatiga— de otro de sus paseos matizado de inquisitivas detenciones, se encontró con una emoción distinta. En esta ocasión, tan pronto como puso el pie en el vestÃbulo se enteró de que su inmediata presencia era requerida en el salón. Cruzando el umbral envuelta en una nube de vergüenza, discernió borrosamente a la señora de Beale sentada frente a un caballero que a nuestra pequeña inmediatamente le hizo soportable el tormento al revelarse como el original en carne y hueso de la fotografÃa de Sir Claude. A ella le pareció, desde el preciso instante en que posó en él su mirada, que él era con muchÃsimo la presencia más radiante que jamás la hubiera dejado boquiabierta, y su placer al verlo, al darse cuenta de que él la asÃa y le daba un beso, se convirtió con idéntica celeridad en la palpitación de un extraño y tÃmido sentirse enorgullecida de él, en una percatación de que él bastaba para compensarla de su estado de desgracia, de los codazos en público de Susan, que casi le dejaban moretones, y de todas las lecciones que, en el desierto cuarto de dar clases, donde a veces casi sentÃa miedo de estar sola, ya estaba harta de no recibir. Fue como si en el acto él hubiese declarado pertenecerle a ella, conque ella ya tenÃa permiso para empezar a mostrarlo a los demás y comprobar el efecto que él les causaba. No, ninguna otra de las cosas sumamente hermosas que a ella le habÃan pertenecido alguna vez habÃa conseguido jamás inflamar una alegrÃa tan especial: ni la señora de Beale en aquel preciso momento, ni papá en sus ratos de buen humor, ni mamá cuando se vestÃa a conciencia, ni Lisette cuando habÃa sido nueva. Dicha alegrÃa casi desbordó en lágrimas cuando él la asió y la atrajo hacia sà diciéndole, con una sonrisa tan halagüeña como un árbol de Navidad, que ya la conocÃa de oÃdas bastante bien por mediación de su madre pero que ahora habÃa venido a visitarla para poder conocerla personalmente. Ella apreció que su concepto de conocerla personalmente consistÃa en llevársela con él, y, más aún, apreció que para eso exactamente era para lo que él estaba allà y llevaba esperándola un rato: ultimando los detalles con la señora de Beale y entablando amistad con dicha dama de una manera obviamente no entorpecida en modo alguno por el hecho de que ésta hubiera opinado tan negativamente sobre él cuando la presentación de su retrato. Casi se habÃan vuelto Ãntimos —o esa impresión daban— gracias a esta negociación; y Maisie percibió, Ãtem más, que la señora de Beale no habÃa ocultado, y estaba dispuesta a ocultarlo todavÃa menos, lo muchÃsimo que le costaba dejarla partir: