Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Conque desde el principio Maisie no sólo la sintió, sino que además supo que la sentía. Parte de la desazón era consecuencia de que su padre le dijese a ella misma que él la sentía también, y de que le dijese a Moddle, en su presencia, que una de sus obligaciones era hacer que la niña tomara conciencia de que así era. Ella estaba ya familiarizada, a sus seis años, con la idea de que todo había cambiado a causa de ella, de que todo había sido dispuesto para permitirle a su padre consagrarse enteramente a ella. Iba a recordar siempre las palabras con que Moddle le inculcó que su padre se consagraba a ella hasta ese punto: «Tu papá quiere que no olvides nunca, ya lo sabes, que por tu causa ha tenido que renunciar a muchas, muchísimas cosas». Aunque la piel de la cara de Moddle tenía a ojos de Maisie el aspecto de estar indebidamente, casi dolorosamente estirada, nunca presentaba tantísimo dicha apariencia como cuando Moddle pronunciaba, como a menudo tenía ocasión de hacerlo, aquellas palabras. La niña se preguntaba si aquellas palabras no harían que a Moddle le doliera la cara más de lo habitual; pero fue únicamente con el transcurso del tiempo cuando fue capaz de añadir al cuadro de los sufrimientos de su padre, y más especialmente al aspecto que ofrecía su niñera al referirse a éstos, la explicación que aquellas cosas demandaban. Para cuando Maisie se volvió más aguda, como solían expresarlo los caballeros que habían criticado sus pantorrillas, encontró en su mente una colección de imágenes y ecos a los que ahora pudo atribuir explicaciones: imágenes y ecos archivados en la oscuridad de la infancia, en el armario tenebroso, en las gavetas superiores, como juegos para los cuales no hubiese estado suficientemente preparada en su momento. Por el momento la gran desazón se la producía el tratar de encontrarles pies y cabeza a las cosas que su padre decía sobre su madre: cosas, por lo demás, que Moddle, tras una simple ojeada, y cual si se tratara de juguetes complejos o libros difíciles, en su mayoría le quitaba inmediatamente de las manos y guardaba en el armario. Un extraordinario surtido de objetos de esta índole terminaría ella encontrándose allí en el futuro, todos revueltos asimismo con las cosas, amontonadas en el mismo receptáculo, que su madre había dicho sobre su padre.
