Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Ella podía soportar aquello: podía soportar cualquier cosa que contribuyera a hacerla sentir que había hecho algo en beneficio de Sir Claude. Si no le había contado a la señora Wix lo mucho que él había parecido agradarle a la señora de Beale, estaba claro que mucho menos iba a contárselo a milady. En el modo en que el pasado había revivido para ella había habido algo extrañamente contradictorio. Antes era por odio a papá por lo que mamá deseaba saber cosas feas sobre él; pero si ahora deseaba saber parecidas cosas sobre Sir Claude, era por el motivo contrario. Se quedó atemorizada ante la forma en que una mujer podía dejarse afectar por la pasión invocada por la señora Wix: contuvo la respiración con la sensación de estar avanzando cautelosamente entre los hechos tremebundos de la existencia. Lo que, sin embargo, ahora, tras la entrevista con su madre, sí le contó a la señora Wix fue que, a despecho de que ella hubiera producido un «buen efecto», como ella lo calificó —el efecto que había pretendido, el efecto de una inoperante vacuidad—, las últimas palabras de milady habían sido que el deber de milady para con ella sería cumplido a rajatabla. Ante este anuncio institutriz y educanda se miraron entre sí con silenciosa hondura; mas las semanas transcurrieron y aquel anuncio no se tradujo en consecuencia alguna que interfiriera de forma importante en el alegre galope de su ritmo de estudios. El deber de milady cobró a veces la forma de no ver a su hija en varios días seguidos, y Maisie vivía su vida con gran prosperidad entre la señora Wix y el afable Sir Claude. La señora Wix tenía un vestido nuevo y, tal como era ella misma la primera en proclamarlo, una posición mejor; de suerte que a Maisie todo le daba la sensación de una brillante existencia pletórica, de la cual habían sido sencillamente «omitidas» la señora de Beale y Susan Ash, momentáneamente, como un par de niñas no invitadas a un festejo de Navidad. La señora Wix albergaba un secreto terror que, como la mayoría de sus secretos sentimientos, debatía con su compañerita, con gran solemnidad, a todas horas: la posibilidad de que milady descendiera sobre ellas, a su brusco modo aristocrático, con la noticia de un colegio. Pero asimismo encontraba un bálsamo para aquel miedo en su convicción de lo muy a fondo que Sir Claude estaba al tanto de la situación. Sir Claude estaba demasiado satisfecho —¿acaso no lo declaraba él mismo constantemente?— con la buena impresión causada, entre los miembros de un vasto círculo, por los sacrificios de Ida; y a menudo se presentaba en el cuarto de estudio para hacerlas saber lo estupendamente que le parecía que habían salido y seguirían saliendo las cosas.