Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Allí se enfrentó con elementos en medio de los cuales la susodicha explicación pareció realmente proporcionarle una clave para orientarse: allí se enfrentó con un desconcierto casi terrorífico, enseguida lleno, no obstante, de reverberaciones de las antiguas recuperaciones de posesión expresivas y feroces de Ida. Estas reverberaciones ya llevaban algún tiempo acumulándose en la casa, conque en esta ocasión el espectáculo llegaba tarde. Preocupada como estaba Maisie por la idea del apasionado sentimiento que Sir Claude había inflamado en su madre, y nada desconocedora, por ende, gracias a las anécdotas narradas por la señora Wix, de los estragos que por lo común causa tal sentimiento, fue empero capaz de admirarse del aspecto imponente de milady, de su violento esplendor, del maravilloso color de sus labios y aun de la dura mirada —una mirada como la de algún fulgurante ídolo descrito en un libro de cuentos— que había aparecido en sus ojos a consecuencia de un curioso recargamiento en la ya rica circunferencia de éstos. Sus declaraciones y explicaciones se entremezclaron con ansiosos requerimientos y súbitos cambios de tema, en medio de los cuales Maisie percibió a modo de eco de años anteriores el roce de sus dijes y el arañazo de sus ternuras, el perfume de sus vestidos y los saltos de su conversación. Aún seguía con su vieja y astuta manía —la señora Wix la definía como «aristocrática»— de cambiar de conversación de la misma forma que se le puede cerrar a alguien la puerta en la cara. La diferencia principal, en lo referido a su persona, estaba en la tonalidad de su cabello dorado, que había pasado a ser de un rojo cobrizo y que, unido a la cabeza que profusamente cubría, le pareció a la niña aún más voluminoso que antaño. Esta pintoresca progenitora mostraba literalmente una estatura más majestuosa y una presencia más noble, cosas que, junto con algunas otras que habrían podido semejar insólitas, resultaban bellamente explicadas por el romántico estado que estaban atravesando los afectos de milady. Eran estos afectos, pudo Maisie discernir con facilidad, lo que movía a Ida a espetar preguntas referidas a cuanto había acaecido en la otra casa entre aquella horrible mujer y Sir Claude; pero asimismo fue precisamente en este punto donde la niña recordó el efecto que obtuviera en el pasado mediante el ejercicio del pacífico arte de la estupidez. Tal arte acudió de nuevo en su ayuda: su madre, cuando la despachó al término de una entrevista en la que ella había alcanzado una vacuidad que verdaderamente no se correspondía con sus años, le dio a entender con claridad absoluta que el paso del tiempo no había logrado volverla ni un ápice más avispada.