Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía A veces él desaparecía durante días, cuando sus pacientes amigas interpretaban que milady, como era natural, pretendía monopolizarlo; mas siempre reaparecía con las más fantásticas historias sobre dónde había estado —maravillosa pintura de la alta sociedad— e incluso con pequeños regalos que demostraban lo mucho que durante su ausencia se había acordado del hogar. Además de infundirle a la señora Wix —a través de sus palabras casi la sensación de que también ellas habían «estado fuera», le fue regalando a ésta un billete de cinco libras, una historia de Francia y un paraguas con mango de malaquita, y a Maisie tanto cajas de bombones como libros de cuentos, amén de un maravilloso sobretodo (fueron ellos dos solos a comprarlo juntos) y un montón de juegos, acompañados de las respectivas instrucciones, y un precioso marco rojo para resguardar la famosa fotografía de él. Los juegos eran, como decía él, para pasar el rato durante las veladas; y, en efecto, a menudo ellas pasaron las veladas en infructuosos intentos por parte de la señora Wix para interpretar lo que «venía» en las instrucciones. Cuando él le preguntaba a aquel par qué les parecían los juegos, siempre respondían: «¡Oh, de ensueño!», aun cuando las dos solían sostener porfiadas discusiones sobre la conveniencia de pedirle con franqueza a Sir Claude su ayuda para lograr entender algo. Era ésta una solución que repugnaba a sus delicadezas: ellas no habrían sabido explicar exactamente el porqué, mas era parte de la ternura que sentían hacia él esa decisión de no dejarlo pensar que ellas estaban atravesando dificultades. Lo más deslumbrante eran las atenciones que él tenía con la señora Wix: no sólo el billete de cinco libras y el «no haberse olvidado» de ella, sino asimismo sus corteses miramientos, tal como ella los llamaba dándose a sí misma un tono al cual su forma de pronunciar aquellas palabras le confería la única grandiosidad que Maisie habría de verla exhibir nunca si se exceptúa cierta ocasión que ya se narrará más adelante, una ocasión en la que la pobre mujer se mostró más grandiosa que todos ellos juntos. Él le estrechaba la mano, le tenía consideración, como decía ella, y especialmente, más de una vez, la llevó, junto con la hijastra, al teatro a ver una revista musical y, en medio del gentío, mientras iban saliendo, le ofreció públicamente su brazo. Cuando se reunía con ellas en la soleada plaza de Piccadilly sonreía y se alegraba y caminaba junto a ellas, suprimiendo heroicamente toda conciencia de la desigualdad de su compañía, un heroísmo del que —no hacía falta que la señora Wix dijera explícitamente esto— milady no parecía muy capaz pese al vínculo de sangre que había por medio. Incluso el despreocupado corazón de la infancia podía adivinar algo trágico en semejante encomio de semejantes rasgos de cortesía: hizo que Maisie comprendiera cómo durante toda su vida su humilde compañera había tenido que plegarse y bajar la cabeza. Pero asimismo el susodicho encomio dejó claro hasta qué grado Sir Claude era un caballero: lo era más que nadie en el mundo; «Y da igual —observó repetidas veces la señora Wix— a quién conozcas de la alta sociedad, e incluso con quién termines prometida en matrimonio». Había preguntas que Maisie jamás hacía; por lo mismo se salvó su institutriz de la embarazosa tesitura de tener que decirle si Sir Claude era más caballero que papá. Y no precisamente por falta de ocasiones, pues entre ellas dos no había momento en que el tema de Sir Claude se considerase una digresión; y, se hablara de lo que se hablase, de fechas históricas o de verbos auxiliares, él nunca se hallaba más lejos de lo que podía estarlo la página siguiente. En las veladas invernales la solución ante los desesperantes galimatías de tableros, fichas y complicados folletitos de instrucciones consistía sencillamente en arrimarse a la chimenea y ponerse a hablar sobre él; y, si se ha de decir la verdad, este edificante intercambio constituyó durante esta época la principal educación de la niña.