Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía No obstante hay que admitir que el tema de Sir Claude las llevaba bastante lejos, más lejos acaso de lo que juzgaba siempre admisible la mentalidad anticuada, el rígido sentido de la decencia, de la sencilla institutriz de Maisie. Había veces que con un suspiro la señora Wix daba fe de los escrúpulos que tenía que superar: eran momentos en los cuales parecía preguntar qué otra línea de conducta podía seguirse con una personita cuya experiencia había sido, por decirlo de alguna forma, tan peculiar. «Es como si ya lo supieras todo, ¿verdad, cariño?» y «No puedo estropearte más de lo que ya lo han hecho, ¿a que no, mi amor?»: tales eran los términos en que la buena mujer se excusaba ante sí misma y ante su educanda por el confiado tono audaz de las conversaciones que entre ellas sostenían. En realidad, lo que la educanda ya sabía se sobreentendía más bien que se expresaba, pero cumplía la útil función de trascender todos los libros de texto y suplantar todos los deberes escolares. Si nada podía hacer que la niña se estropeara más de lo que ya lo estaba, incluso para ella misma era un consuelo saber que ya estaba estropeada… consuelo que ofrecía una amplia y sólida legitimación al hecho fundacional de la actual crisis: el hecho de que mamá se sintiera terriblemente celosa. Éste era otro aspecto de la coyuntura del apasionamiento de mamá, y la profunda pareja del cuarto de estudio no se demoró en someterlo a consideración. Dicho aspecto las ponía cara a cara con la idea de las incomodidades que debía sufrir cualquier dama que se casara con un caballero que produjera en las otras damas el fascinante efecto que producía Sir Claude. Que tales damas no pudieran evitar enamorarse de él, era para su esposa un pensamiento naturalmente irritante. Un día en que algún accidente —algún golpazo de una puerta o alguna huida de una doncella atemorizada— puso de manifiesto con singular vividez aquella verdad, Maisie, penetrante e inquisitiva, le dijo repentinamente a su compañera: