Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —¿Qué tal está, señora? ¿Qué tal estás, señoritinga? —habÃa dicho él riendo tras ser presentado, dirigiéndose con una inclinación de cabeza a aquellas dos figuras boquiabiertas—. Me han traÃdo aquà para que me convenza con mis propios ojos; es la pura verdad eso de que yo no creÃa en sus existencias. Ella siempre está hablando de ustedes, pero nunca las muestra; asà que hoy le exigà sin más dilaciones que lo hiciera. Y bien, me retracto de mi anterior opinión: no es usted un mito, mi querida señora; ¡y tú tampoco lo eres, señorita —añadió el visitante para Maisie—, aunque a fe mÃa que deberÃas serlo!
—Le he hablado de ti hasta aburrirlo, querida; me dedico a aburrirlos a todos —dijo Ida—. Y para demostrar que eres una preciosidad, asà como muy mayor, le dije que viniera a juzgar por sà mismo. ¡Ahora ya ha comprobado que eres una jovencita robusta y vigorosa y que tu pobre Mamá tiene por lo menos sesenta años! —Y milady le sonrió al señor Perriam con ese encanto que a menudo su hija habÃa oÃdo atribuirle en casa de papá por los alegres caballeros cuando querÃan lo que llamaban «encabritar» a éste último. Las maneras de ella en aquel instante le ofrecieron a la niña una vislumbre mucho más vÃvida que cualquiera de las experimentadas hasta entonces sobre aquel atractivo que papá, con muy expresivas palabras, siempre habÃa negado que mamá pudiese irradiar.