Los Periódicos
Los Periódicos Marshal estaba perplejo, pero no tan perplejo como para incapacitarle para confesarlo, con un poco de falso recato, pero aun así con cierto arrojo. Maud, que le miraba, lo empezaba a ver como un animal gordezuelo e inocente, como una suerte de ratón blanco de ojos rojos o cobaya que va quedando lentamente paralizado por el embrujo de una serpiente de brillante y escamosa piel. Y lo cierto era que la escamosa piel de Bight nunca había tenido el brillo de aquella tarde sirviéndose a maravilla —lo que constituía parte de su lustre— del tono más adecuado de gravedad. Ni sus ademanes eran tan livianos como para dejar de traslucir que se trataba de una oferta atractiva, ni tan serios que delataran una broma. No era imposible pensar que, como muñidor profesional de notoriedades, estaba proponiendo a su cliente un plan práctico. Era realmente como si estuviera en condiciones de garantizar el «murmullo aprobatorio», siempre y cuando el señor Marshal pudiese pagar el precio. Y el precio, desde luego, no iba a ser solamente la existencia del señor Marshal. Todo ello, siempre y cuando optara por tomarlo así. Pero lo más prodigioso, acto seguido, fue que el señor Marshal optó por tomarlo así, aunque, evidentemente, como cabía prever, con importantes reparos.
—¿Quiere usted decir que uno puede llegar a suscitar interés tan maravilloso?