Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Lo que más imposible me resultaba de quitarme de la cabeza era la cruel idea de que, por mucho que yo hubiera visto, Miles y Flora veÃan más: cosas horribles e inimaginables que surgÃan del seno horrible de sus anteriores relaciones. Naturalmente, cuando acaecÃan, semejantes cosas producÃan un escalofrÃo que negábamos sentir a voces; y con las repeticiones, los tres estábamos tan entrenados que, cada vez, de forma casi automática, señalábamos el final del incidente con los mismÃsimos movimientos. Era sorprendente que los niños, aun asÃ, me besaran inveteradamente con una especie de brutal incoherencia y nunca omitieran —uno ni otro— la preciosa pregunta que nos habÃa ayudado a salvar muchos peligros: «¿Cuándo cree usted que vendrá? ¿Cree que debemos escribirle?» SabÃamos por experiencia que no habÃa nada como este interrogatorio para deshacernos del embarazo. Se referÃan, por supuesto, a su tÃo de Harley Street; y vivÃamos en tal irrealidad que en cualquier momento hubiera podido llegar a incorporarse a nuestro cÃrculo. Era imposible haber desalentado el entusiasmo menos de lo que él lo habÃa hecho, pero si no hubiéramos contado con aquel recurso para apoyarnos, nos habrÃamos privado mutuamente de parte de nuestros mejores espectáculos. Nunca les escribÃa, lo cual tal vez parezca egoÃsta, pero formaba parte de su aduladora confianza en mÃ; pues una de las formas de rendir un hombre homenaje a una mujer consiste en consagrarla a las sagradas leyes de su bienestar; y yo sostenÃa que estaba cumpliendo con el espÃritu de la promesa dada de no recurrir a él cuando daba a entender a mis alumnos que sus cartas solo eran encantadores ejercicios de estilo. Eran demasiado bellas para ser echadas al correo; me las quedaba yo; todavÃa las tengo todas a estas alturas. De hecho, era una regla que solo aumentaba el efecto satÃrico de mi suposición de que en cualquier momento podÃa estar entre nosotros. Era exactamente como si mis alumnos supieran que eso me enojaba más que casi ninguna otra cosa. Además, cuando miro hacia atrás, me parece que lo más extraordinario de todo es el simple hecho de que, a pesar de mi tensión y de su triunfo, nunca me hicieran perder la paciencia. ¡En verdad debÃan ser adorables, me digo ahora, para no odiarlos en aquellos dÃas! No obstante, ¿me habrÃa traicionado la desesperación si el alivio se hubiera demorado demasiado? Poco importa, pues llegó el alivio. Lo llamo alivio, aunque solo fue el alivio que procura una bofetada a la histeria o el estallido de la tormenta a un dÃa sofocante. Por lo menos fue un cambio y llegó como una exhalación.