Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca HabÃa esperado el regreso de mis alumnos con tal seguridad de que serÃa estruendoso que de nuevo sentà un sobresalto al darme cuenta de que no decÃan nada sobre mi ausencia. En lugar de denunciarme y reprochármelo alegremente, no mencionaron que les habÃa fallado y tuve tiempo para percatarme de que tampoco ella habÃa dicho nada mientras estudiaba el extravagante rostro de la señora Grose. Lo hice con la intención de asegurarme de que, como fuera, se las habÃan ingeniado para que guardase silencio; un silencio que, sin embargo, me prometÃa romper en la primera ocasión a solas. Esa oportunidad se presentó antes del té: conseguà cinco minutos con ella en la porterÃa donde, a la luz del crepúsculo y entre la fragancia del pan recién cocido, con todo limpio y bien ordenado, la encontré sentada delante del fuego con acongojada placidez. Asà la veo todavÃa, asà es como mejor la veo: mirando las llamas desde su silla estrecha, en medio del cuarto oscuro y resplandeciente, una imagen clara de lo «arrinconado», de armarios cerrados con llave y de paz sin sobresaltos.
—¡Oh, sà que me pidieron que no dijese nada!; y por darles gusto, mientras estaban delante, claro que se lo prometÃ. Pero ¿qué le ocurre a usted?
—Solo fui con ustedes por dar el paseo —dije—. TenÃa que volver para encontrarme con una amiga.
Dejó ver su sorpresa.
—¿Usted… con una amiga?
