Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Es fácil imaginarse si resistí a esta súplica o si dejé de acompañarle, de la mano, a la sala de estudio. Él se sentó ante el viejo piano y tocó como nunca había tocado; y si hay quienes piensen que mejor hubiera hecho dándole patadas a una pelota, solo puedo responder que estoy completamente de acuerdo. Pues al cabo de un cierto tiempo durante el cual, bajo su influencia, casi perdí por completo el sentido de la realidad, desperté con la extraña sensación de haberme quedado literalmente dormida en mi sitio. Habíamos terminado de comer, estaba junto al hogar de la sala de estudio y, sin embargo, no me había dormido lo más mínimo: solo que había hecho algo mucho peor: me había olvidado. ¿Dónde había estado Flora durante aquel tiempo? Cuando se lo pregunté a Miles, él siguió tocando un instante antes de responder, y solo dijo:
—Pero, querida, ¿cómo voy a saberlo? —estallando en seguida, además, en una alegre carcajada, cual si fuese un acompañamiento vocal, que prolongó con una canción extravagante e incoherente.