Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Hasta aquà habÃa llegado la descripción de Douglas cuando alguien hizo una pregunta:
—¿Y de qué murió la anterior institutriz? ¿De respetabilidad?
Nuestro amigo respondió en seguida:
—Ya se sabrá a su debido tiempo. No quiero adelantarme.
—Perdón, creÃa que era precisamente eso lo que estaba haciendo.
—De ocupar el lugar de la sucesora —insinué— hubiera deseado informarme de si el cargo llevaba consigo…
—¿Un peligro mortal? —completó Douglas mi pensamiento—. Ella quiso saberlo y lo supo. Mañana oirán lo que supo. Desde luego, en principio, la oferta la sorprendió porque era un poco rara. Ella era joven, inexperta y estaba nerviosa: las perspectivas eran de serias obligaciones y poca compañÃa, o más bien de gran soledad. Dudaba y se tomó un par de dÃas para repensarlo. Pero el salario excedÃa en mucho sus posibilidades y, en una segunda entrevista, se hizo de valor y aceptó.
Y ahora Douglas hizo una pausa que, en beneficio del auditorio, me impulsó a meter baza:
—La moraleja que se desprende de lo dicho es, por supuesto, la seducción de que hizo gala el espléndido caballero, y a la que ella sucumbió.