Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Douglas se puso en pie y, lo mismo que la noche anterior, se acercó al fuego, removió la leña con el pie y durante unos instantes nos dio la espalda.
—Solamente lo vio dos veces.
—Sí, y en eso precisamente radica la belleza de su pasión.
Ante esto, que me sorprendió un poco, Douglas se volvió hacia mí.
—Fue hermoso —prosiguió—. Hubo otras que no sucumbieron. Él le contó francamente todas las dificultades, que para otras candidatas habían resultado prohibitivas. De alguna manera, sencillamente se asustaron. Aquello sonaba mal, sonaba raro, y mucho más teniendo en cuenta una última condición.
—¿Cuál era?
—Que nunca debía importunarlo, pero absolutamente nunca. Ni apelar a él ni quejársele ni escribirle. Ella sola debía resolver todos los problemas; recibiría el dinero de su abogado, se encargaría de todo y a él lo dejaría en paz. Ella prometió hacerlo así y me confesó que, cuando en un determinado momento, aliviado y complacido, él le cogió la mano, agradeciéndole su sacrificio, se sintió recompensada.
—¿Y esa fue toda su recompensa? —preguntó una señora.
—Nunca volvió a verlo.