Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca

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La persona que parecía estar menos preocupada resultó ser, hasta la hora de la comida, el propio pequeño Miles. Mientras tanto, mis pasos por la casa no me habían dado ocasión de ponerle el ojo encima, pero habían colaborado a poner de manifiesto el cambio que se estaba produciendo en nuestras relaciones como consecuencia de que su sesión de piano del día anterior me había retenido, seducido y entontecido, para que Flora escapara. La publicidad, desde luego, de que algo iba mal había comenzado con el encierro y la partida de Flora, y con la inobservancia de nuestro habitual horario de clases. Él ya había desaparecido cuando, al ir a bajar, abrí la puerta de su dormitorio, y abajo me enteré que había desayunado —en presencia de un par de sirvientas— con su hermana y la señora Grose. Luego había salido, según dijo, a dar un paseo; nada expresaba mejor que eso su clara conciencia del brusco cambio de mis funciones. Estaba por determinar qué iba él a permitirme que fueran esas funciones: de todas formas, constituía un extraño alivio, sobre todo para mí, poder renunciar al fingimiento. Entre tantas cosas como salieron a la superficie, poco exagero diciendo que quizá la más sobresaliente fuese acabar con la absurda ficción de que yo tenía algo que enseñarle. Baste decir que, mediante pequeñas argucias tácitas, con las que él protegía mi dignidad aún más que yo, tenía que pedirle que me excusara el esfuerzo de ponerme al nivel de su verdadera capacidad. En cualquier caso, ahora gozaba de su libertad; y yo nunca volvería a restringírsela; sobre todo, además, ya lo había demostrado sobradamente cuando, al reunirse conmigo en la sala de estudio la noche anterior, yo no había formulado una pregunta ni una indirecta sobre el problema dominante del período recién concluido. Desde este momento tenía otras ideas. Sin embargo, cuando finalmente lo tuve en mi presencia, la dificultad de aplicarlas y mi cúmulo de problemas se me evidenciaron ante la hermosa figura del pequeño, en quien lo ocurrido no había dejado la menor sombra.


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