Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Para indicar dentro de la casa el tono de elegancia que quería implantar, ordené que nos sirvieran la comida, a mí y al muchacho, en la planta baja, como decíamos; así que había estado esperándolo entre la grave pompa del salón, junto a la ventana por la que había recibido de la señora Grose, el primer domingo de espanto, el vislumbre de algo que difícilmente puede denominarse luz. Allí sentada volví a sentir —pues lo había sentido una y otra vez— cómo mi equilibrio se basaba en el triunfo de mi rígida voluntad, la voluntad de cerrar los ojos con todas mis fuerzas a la verdad de que, aquello de que debía ocuparme, era algo repulsivamente antinatural. La única forma de proseguir era confiando en la «naturaleza» y contando con ella, considerando que mi monstruosa prueba era como una incursión en una dirección desacostumbrada, desde luego, y desagradable, pero que al fin y al cabo solo exigía otra vuelta de tuerca de la virtud humana normal. No obstante, ningún proyecto requería más tacto que este concreto proyecto de aportar toda la naturaleza de mi propio ser. ¿Cómo podría poner un poco de ese tacto para suprimir toda clase de referencias a lo ocurrido? Por otra parte, ¿cómo podría hacer referencia sin lanzarme de nuevo a lo terrible y oscuro? Pues bien, al cabo de un rato se me ocurrió una especie de respuesta, que de momento se vio confirmada al encontrar algo indiscutiblemente raro en un primer repaso de mi pequeño compañero. En realidad, fue como si descubriera ahora —¡y lo había descubierto tantas veces en las lecciones!— otra delicada forma de facilitarme las cosas. ¿No había una cierta luz en la constatación, que surgió con un especial brillo todavía no completamente apagado mientras compartimos nuestra soledad, en la constatación de que (aprovechando la oportunidad, la preciosa oportunidad que ahora se presentaba) sería estúpido, tratándose de un niño tan bien dotado, renunciar a la ayuda que podía prestar su gran inteligencia? ¿Para qué le había sido dada esa inteligencia sino para salvarse? ¿No podría uno, con objeto de llegar a su entendimiento, arriesgarse a tender el brazo hacia su espíritu? Fue como si, cuando estábamos cara a cara en el comedor, me hubiera enseñado el camino. Sobre la mesa estaba el cordero asado y yo lo había troceado con meticulosidad. Miles, antes de sentarse, permaneció un momento con las manos en los bolsillos, mirando la carne, sobre la que parecía estar a punto de hacer algún comentario sarcástico. Pero lo que en seguida dijo fue: