Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Miles también estuvo sublime. Se puso a comer con sus encantadoras «maneras de mesa» que me habÃan eximido de toda amonestación desde el dÃa de mi llegada. Cualquiera que hubiese sido la razón de su expulsión del colegio, no habÃa sido por comer mal. Hoy estuvo tan irreprochable como siempre, pero inequÃvocamente más meticuloso. Se veÃa que trataba de dar por supuestas más cosas de las que encontraba fáciles sin ninguna ayuda; y se sumió en un apacible silencio al hacerse cargo de la situación. Nuestra comida fue muy breve —la mÃa, un puro simulacro— e inmediatamente hice que retiraran el servicio. Mientras lo hacÃan, Miles volvió a quedarse de pie, con las manos en sus pequeños bolsillos y dándome la espalda, y estuvo mirando por la misma y amplia ventana por la que, aquel dÃa habÃa yo visto algo que me sobrecogió. Estuvimos en silencio mientras nos acompañó la criada; tan silenciosos, tuve la ocurrencia de pensar, como si fuéramos una joven pareja en viaje de bodas que, en el hotel, se siente avergonzada ante la presencia del camarero. Él no se dio la vuelta hasta haberse ido la criada.
—Bueno, ¡al fin solos!