Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Todo el principio lo recuerdo como una sucesión de altibajos, un vaivén de emociones mejores y peores. En la ciudad, aun después de haberme animado a aceptar el ofrecimiento, pasé unos días muy malos; de nuevo dudaba, en realidad estaba convencida de haber cometido un error. En este estado de ánimo transcurrieron las largas horas traqueteantes de la diligencia que me conducía al lugar donde sería recogida por un vehículo enviado por la casa. Se me había dicho que dispondría de este servicio y hacia el final de la tarde de junio encontré el cómodo simón esperándome. Viajar a aquella hora de un hermoso día por una campiña cuya veraniega dulzura parecía ofrecer una cordial bienvenida, restableció mi fortaleza, y al entrar en la avenida sentí un alivio que probablemente solo era una confirmación de hasta qué punto me había sentido hundida. Supongo que me esperaba, o temía, algo tan melancólico que el lugar me deparó una agradable sorpresa. Recuerdo con especial agrado la gran fachada clara, con las ventanas abiertas, las cortinas de colores fuertes y el par de doncellas asomadas; recuerdo el prado y las flores brillantes, y el crujido de las ruedas sobre la gravilla, y las arracimadas copas de los árboles sobre las que trazaban círculos y graznaban las cornejas. El escenario tenía una grandeza que lo hacía algo muy distinto de mi modesto hogar. Inmediatamente apareció en la puerta, con una niña de la mano, una persona muy bien educada que al descender me hizo una gran reverencia, como si fuera la esposa de un visitante importante. En Harley Street me había hecho una idea más pobre del lugar y, al recordarlo, pensé que el propietario era aún más caballero y que tal vez fuese yo a disfrutar de algo más que de sus promesas.
