Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Lo que experimenté al día siguiente, supongo, no fue nada que pueda calificarse en justicia de reacción frente a la alegría de la llegada; posiblemente, como máximo, solo fue la ligera opresión producida por la mayor escala de mis nuevas circunstancias mientras daba vueltas a su alrededor, las escrutaba y trataba de tomar posesión de ellas. Eran, por así decirlo, de una extensión y un volumen para los que yo no estaba preparada y en cuya presencia, dicho sea sin remilgos, me sentía asustada y orgullosa. Como consecuencia de esta agitación, claro está, las lecciones sufrieron un cierto retraso; concluí que mi primera obligación consistía en arreglármelas, con la ayuda de cuantos sutiles manejos pudieran ocurrírseme, para que la niña tuviera la sensación de conocerme. Pasé el día con ella al aire libre; convinimos, para su satisfacción, que debía ser ella y solo ella quien me enseñara el lugar. Me lo enseñó paso a paso y habitación por habitación, y secreto por secreto, en medio de una deliciosa y festiva conversación infantil, y con el resultado de lograr ser grandes amigas al cabo de media hora. Teniendo en cuenta su corta edad, a lo largo de nuestro recorrido me sorprendió su seguridad y valor en las salas vacías y en los pasillos tenebrosos, en las escaleras tortuosas, que me hacían pararme, e incluso en la cima de una torre cuadrangular con matacanes que me produjo vértigo; me sorprendió su tono quejumbroso y su facilidad para contarme muchas más cosas de las que yo le preguntaba, mientras me guiaba de un sitio a otro. No he vuelto a ver Bly desde el día que lo abandoné y me atrevo a suponer que, a mis ojos avejentados y mejor informados, ahora resultaría mucho menos grandioso. Pero cuando mi pequeña guía, con sus cabellos dorados y su trajecito azul, danzaba precediéndome, doblando esquinas y pateando pasillos, tuve la sensación de que era un castillo de fábula, habitado por un duende color rosa, un lugar donde podía disfrutar de todos los matices de los libros fantásticos y de los cuentos de hadas. ¿No sería precisamente un libro de cuentos sobre el que me había quedado dormida echando una cabezada? No, era una casa antigua, grande y fea, pero cómoda, que mantenía algunos rasgos de un edificio aún más viejo, medio reemplazado y medio reconstruido, donde tuve la sensación de que nuestra existencia estaba casi tan perdida como la de un puñado de pasajeros en un gran buque a la deriva. ¡Y en fin, curiosamente, yo llevaba el timón!