Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca

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Por suerte para mis preocupaciones, aquella forma de dejarme plantada de la señora Grose no ahogó el nacimiento de nuestro aprecio. Después de llevar a casa al pequeño Miles, surgió una mayor intimidad como consecuencia de mi asombro e indignación ante la monstruosidad de que un niño como el que acababa de conocer pudiera haber sido objeto de una expulsión. Llegué un poco tarde a la cita, cuando él me buscaba ansiosamente por la puerta de la posada donde había descendido de la diligencia, e inmediatamente sentí en su resplandeciente frescura, por dentro y por fuera, la misma sensible fragancia de pureza que había apreciado desde el primer momento en la hermanita. Era increíblemente guapo y, como había dicho la señora Grose poniendo el dedo en la llaga, su presencia lo barría todo excepto aquella especie de apasionada ternura que despertaba. Lo que allí y entonces me tocó el corazón fue algo divino que nunca he encontrado en ningún otro niño: su indescriptible aire de no conocer nada del mundo que no fuera el amor. Hubiera sido imposible emparejar la mala fama con una mayor dulzura e inocencia, y cuando regresé con él a Bly seguía estando aturdida —si es que no ultrajada— por la acusación de la horrible carta que guardaba en un cajón de mi dormitorio. En cuanto tuve oportunidad de hablar a solas con la señora Grose le manifesté que aquello era grotesco.

Me entendió de inmediato.


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