Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Los ojos redondos de la señora Grose rechazaban la acusación.
—¡Yo no he adivinado nada! —dijo con la mayor simplicidad—. ¿Cómo podrÃa adivinarlo si usted no le conoce?
—Ni lo más mÃnimo.
—¿Solo le ha visto en la torre?
—Y donde estamos ahora mismo.
La señora Grose miró de nuevo a todo su alrededor.
—¿Qué hacÃa en la torre?
—Estaba allà de pie, sencillamente, y me miraba a mà aquà abajo.
Pensó un minuto.
—¿Era un caballero?
No creà necesario pensarlo.
—No. —Ella escrutó con creciente preocupación—. No.
—¿Y no era nadie de por aqu� ¿Nadie del pueblo?
—Nadie, nadie… No se lo dije, pero me aseguré.
Suspiró vagamente aliviada: curiosamente, parecÃa preferible que fuese asÃ. En realidad fue un breve instante.
—Pero, si no es un caballero…
—¿Qué es? ¡Un horror!