Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —¿Un horror?
Una vez más, la señora Grose miró a todo alrededor, detuvo los ojos en la oscurecida lejanÃa y, luego, recuperando la postura, se dirigió a mà con abrupta incoherencia:
—Es hora de que vayamos a la iglesia.
—¡No estoy como para ir a la iglesia!
—¿No le sentarÃa bien?
—¡No quiero que les haga nada!
Con un cabezazo, señalé hacia la casa.
—¿A los niños?
—No puedo abandonarlos en este momento.
—¿Tiene miedo de que…?
Hablé con vehemencia:
—Tengo miedo de él.
La gran cara de la señora Grose me dejó entrever, por vez primera, el leve y lejano brillo de una conciencia más aguda: como fuera, percibà la primera luz de una idea que yo no le habÃa inculcado y que, de momento, me era totalmente impenetrable. Ahora me viene a las mientes que de inmediato se me ocurrió que podrÃa sonsacárselo; y tuve la sensación de que guardaba relación con su deseo, que en seguida manifestó, de querer saber más cosas.
—¿Cuándo fue… lo de la torre?
—A mediados de mes. A esta misma hora.
—Casi de noche —dijo la señora Grose.