Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —No, no tanto. Lo vi como la veo a usted.
—Entonces, ¿cómo entró?
—¿Y cómo salió? —Me re×. ¡No he tenido ocasión de preguntárselo! Ya ve —prosegu×, esta tarde no ha podido entrar.
—¿Solo mira?
—¡Espero que se limite a eso!
La señora Grose me habÃa soltado la mano y se giró un poco. Esperé un instante; luego le solté:
—Vaya a la iglesia. Adiós. Yo tengo que vigilar.
Despacio, volvió a mirarme.
—¿Teme por ellos?
Nos encontramos en otra nueva mutua y larga mirada.
—¿Usted no? —En lugar de responder, se acercó a la ventana y estuvo cierto tiempo con la cara junto al cristal—. Ya ve lo que pudo ver —proseguà entre tanto.
Ella no se movió.
—¿Cuánto rato estuvo aqu�
—Hasta que salÃ. Salà a su encuentro.
Al fin terminó la señora Grose de darse la vuelta y su cara aún contenÃa más cosas.
—Yo no habrÃa podido salir.
—¡Ni yo podrÃa! —volvà a reÃr—. Pero sà que salÃ. Era mi deber.