Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —También el mÃo —replicó; para añadir—: ¿Cómo era?
—Me estaba muriendo de ganas de decÃrselo. Pero no se parece a nadie.
—¿A nadie? —repitió.
—No lleva sombrero. —Luego, viendo en su cara que, con hondo espanto, encontraba en lo dicho un rasgo gráfico, agregué rápidamente, trazo a trazo—: Era pelirrojo, muy pelirrojo, con el pelo muy rizado, y el rostro pálido, alargado, correcto de rasgos, con unas patillas pequeñas, un poco raras, tan pelirrojas como el pelo. Las cejas, sin embargo, resultaban más oscuras; eran especialmente arqueadas, como si tuvieran bastante movilidad. TenÃa los ojos penetrantes y extraños… terribles. Pero lo único que sé seguro es que eran pequeños y miraban fijamente. La boca era ancha y los labios delgados y, exceptuando las cortas patillas, iba bastante bien afeitado. Me dio un poco la sensación de tener aspecto de actor.
—¡De actor!
Era imposible que nadie pareciera menos actor que la señora Grose, al menos en aquel momento.
—Nunca he conocido ningún actor, pero me los imagino. Es alto, activo, erguido —continué—, pero no, ¡eso de ninguna manera!, un caballero.