Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca La cara de mi compañera habÃa palidecido conforme yo hablaba; sus ojos redondos estaban espantados y tenÃa la boca entreabierta.
—¿Un caballero? —tartamudeó confundida, estupefacta—. ¿Ese, un caballero?
—¿Lo conoce, pues?
Visiblemente trataba de contenerse.
—¿Y es guapo?
Vi la forma de ayudarla.
—Llamativamente guapo.
—¿Y vestÃa…?
—Las ropas de otro. Elegantes, pero no suyas.
Estalló en un entrecortado gruñido aseverativo.
—¡Son las del amo!
Me di por enterada.
—¿Le conoce?
Titubeó un segundo.
—¡Quint! —gritó.
—¿Quint?
—¡Peter Quint, el criado del señor, su ayuda de cámara cuando el señor estaba aquÃ!
—¿Cuando estaba el amo?
TodavÃa con la boca abierta, pero descubriéndoseme, reunió las piezas.
—Nunca llevaba sombrero, pero llevaba… Bueno, ¡se perdieron los chalecos! Estaban aquà el año pasado, los dos. Luego el amo se fue y Quint se quedó solo.