Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Desde luego, necesitamos más ocasiones que este concreto episodio para situarnos conjuntamente en presencia de aquello con que ahora tendríamos que convivir como pudiéramos: mi terrible debilidad a las impresiones del tipo que tan vivamente se habían ejemplificado y el hecho de que, a partir de este momento, mi compañera estaba enterada, con consternación y compasión, de semejante debilidad. Aquella tarde, después de la revelación que tan postrada me dejó durante una hora, ninguna de nosotras había asistido a ningún servicio religioso, sino al servicio de lágrimas y juramentos, de rogativas y promesas, un clímax de mutuos ruegos y desafíos que ocurrió inmediatamente a continuación de retirarnos al cuarto donde daba las clases y encerrarnos a levantar todas las cartas. El resultado de levantar todas nuestras cartas consistió, sencillamente, en reducir nuestra situación al rigor último de sus elementos. Ella no había visto nada, ni siquiera la sombra de una sombra, y nadie en la casa excepto la institutriz estaba implicado en el asunto; no obstante, sin cuestionar directamente mi salud mental, aceptaba como cierto lo que yo le había presentado y, en este sentido, acabó demostrándome una conmovedora ternura, expresión de su reconocimiento de mi más que discutible privilegio, cuya misma existencia ha permanecido conmigo como ejemplo de uno de los más dulces sentimientos humanos.
