Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Después de esto, cogà a la señora Grose en cuanto pude. Me es imposible hacer una descripción inteligible de cómo soporté el intermedio. Sin embargo, todavÃa me oigo gritar mientras me lanzaba de buenas a primeras a sus brazos:
—¡Lo saben! ¡Es demasiado monstruoso, pero lo saben, lo saben!
—¿Qué es lo que saben? —Percibà su incredulidad en cuanto me tocó.
—¡Pues todo lo que sabemos nosotras y Dios sabrá qué más! —Luego, cuando me soltó, se lo expliqué, alcanzando quizá a explicármelo por fin a mà misma con absoluta coherencia—. Hace dos horas, en el jardÃn… —Escasamente podÃa hablar—. Flora lo vio.
La señora Grose lo encajó como hubiera encajado un golpe en el estómago.
—¿Se lo ha dicho ella? —murmuró.
—Ni una palabra, eso es lo horroroso. ¡Se lo ha guardado! ¡Una niña de ocho años, esa niña! —El pasmo seguÃa dejándome sin palabras.
Desde luego, la señora Grose abrió aún más la boca.
—Entonces, ¿cómo lo sabe?
—Yo estaba allÃ, lo vi con mis ojos: vi que ella se daba perfectamente cuenta.
—¿Quiere decir que se daba cuenta de la presencia de él?
