Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca En mi estado de nervios, aquello me produjo un estallido de impaciencia.
—Entonces, pregunte a Flora… ¡Ella sà está segura! —Pero no habÃa terminado de hablar cuando me recuperé—. ¡No, por Dios, no! ¡Dirá que no, mentirá!
La señora Grose no estaba tan descompuesta como para no protestar instintivamente.
—¿Cómo se atreve a…?
—Porque lo veo claro. Flora no quiere que yo lo sepa.
—Para ahorrárselo, pues, a usted.
—No, no… ¡Hay que ahondar más! Cuantas más vueltas le doy más cosas comprendo, y cuanto más cosas comprendo más miedo me da. ¡No sé qué es lo que no veo, qué es lo que no temo!
La señora Grose trataba de seguirme.
—¿Quiere usted decir que tiene miedo de volver a verla?
—¡Oh, no! Ahora eso no es nada. —Luego me expliqué—: El problema serÃa no verla.
Pero mi compañera solo parecÃa palidecer.
—No la comprendo.
—Pues que la niña podrÃa seguir viéndola, y es seguro que la niña la verá, sin que yo lo sepa.