Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca

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Al pensar en esta posibilidad, la señora Grose desfalleció momentáneamente, pero en seguida se repuso, como si sacara fuerzas de saber hasta dónde tendríamos que ceder caso de retroceder una pulgada.

—Querida, querida, no debemos perder la cabeza. Después de todo, si a ella no le importa… —Incluso esbozó una fea sonrisa—. Tal vez le guste.

—¡Gustar semejantes cosas, a una niña tan pequeña!

—¿No sería una especie de demostración de su bendita inocencia? —preguntó valientemente mi amiga.

Por un instante casi me convenció.

—¡Ay, debemos agarrarnos a eso, debemos aferrarnos a eso! Si no es una prueba de lo que usted dice, es una prueba de que… ¡Dios sabe de qué! Porque esa mujer es el horror de los horrores.

Ante esto, la señora Grose estuvo mirando al suelo durante unos instantes; luego levantó la mirada.

—Dígame cómo lo sabe usted —dijo.

—Entonces, ¿admite que era eso? —grité.

—Dígame cómo lo sabe —se limitó a repetir mi amiga.

—¿Cómo? ¡Viéndola! Por su forma de mirar.

—¿Por la manera perversa de mirarla a usted?

—No, querida mía, eso lo hubiera soportado. En ningún momento me puso la vista encima. Solo se fijaba en la niña.


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