Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca La señora Grose trató de entenderlo.
—¿Se fijaba en la niña?
—¡Con unos ojos espantosos!
Me miró fijamente a los mÃos como si realmente pudieran parecerse a aquellos otros.
—¿Quiere decir de contrariedad?
—No, Dios nos salve. De algo mucho peor.
—¿Peor que la contrariedad?
Este hecho la dejaba verdaderamente perpleja.
—Con una decisión indescriptible. Con una especie de furia intencionada.
La hice empalidecer.
—¿Intencionada?
—De apoderarse de ella.
La señora Grose —con sus ojos en los mÃos tuvo un estremecimiento y anduvo hacia la ventana; y mientras estaba mirando el exterior, concluà mi exposición:
—Eso es lo que sabe Flora.
Al poco se dio la vuelta.
—Esa persona iba de negro, dice usted.
—De luto… y bastante pobremente vestida, casi andrajosa. Pero, eso sÃ, era de una extraordinaria belleza. —Ahora reconozco hasta dónde habÃa llevado, golpe a golpe, a la vÃctima de mis confidencias, pues casi era visible cómo sopesaba mis palabras—. Guapa…, muy, muy guapa —insist×, maravillosamente guapa. Pero infame.