Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —¿Luego sabe usted de qué murió? —pregunté.
—No, no sé nada. No quise saber; me alegré mucho de no saberlo. ¡Y di gracias al cielo de que fuera bien lejos de aquÃ!
—Pero usted tiene, pues, su propia idea de…
—¿De la verdadera razón por la que se fue? Ay, sÃ, eso sÃ. No podÃa quedarse. ¡ImagÃnesela aquÃ, siendo la institutriz! Y después yo me imaginaba cosas, y sigo imaginándomelas. Y lo que me imagino es horroroso.
—No tan horroroso como lo que me imagino yo —repliqué; con lo cual debà mostrarle, de lo que era en realidad muy consciente, una faz de verdadera derrota. Y eso hizo brotar de nuevo toda su compasión por mà y, ante el renovado toque de amabilidad, se derrumbó mi resistencia. Como otra vez habÃa provocado en ella, ahora fui yo quien rompió a llorar; me acogió en su pecho maternal y mis lamentaciones se desbordaron—. ¡No quiero hacerlo! —sollocé desesperada—. No quiero salvarlos ni protegerlos. Es mucho peor de lo que me imaginaba… ¡Están perdidos!