Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Comprendí que, en semejante compañía, no era necesario incidir demasiado sobre el lugar que los criados ocupan en la escala social; pero nada se oponía a aceptar la valoración hecha por mi compañera del envilecimiento de mi predecesora. Había una forma de abordar el asunto, y lo abordé; la forma más fácil de hacerse una idea global, con datos, de la personalidad del difunto, inteligente y bien parecido hombre de confianza de nuestro patrón: impúdico, seguro de sí mismo, vicioso y depravado.
—Aquel tipo era un villano.
La señora Grose reflexionó sobre lo dicho por si quizá quedase una sombra de duda.
—Nunca he visto a nadie como él. Hacía lo que quería.
—¿Con ella?
—Con todos ellos.
Era como si la señorita Jessel hubiese vuelto a presentarse ante los ojos de mi amiga. En cualquier caso, hubo un instante en que me pareció ver la evocación de ella con tanta claridad como la había visto junto al estanque; y afirmé con decisión:
—¡Ella también debía querer!
El rostro de la señora Grose manifestó que así había sido, pero al mismo tiempo dijo:
—Pobre mujer… ¡Lo pagó!