Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Esperé y esperé, y los dÃas, al pasar, se llevaron parte de mi consternación. En realidad, teniendo siempre mis alumnos a la vista y sin nuevos incidentes, muy pocos dÃas bastaron para, como si fueran una especie de cepillo, borrar los penosos fantasmas e incluso los odiosos recuerdos. He hablado del abandono a su extraordinaria gracia infantil como algo que podÃa cultivar, y fácil es imaginarse si me negarÃa ahora a dirigirme a esta fuente en busca de cuanto pudiera dar de sÃ. Más extraño de todo lo que yo pueda decir fue, desde luego, el esfuerzo por luchar contra mis nuevas intuiciones; no obstante, sin duda la tensión hubiera sido mayor de no haber sido tantas veces victoriosa. SolÃa preguntarme si los pequeños a mi cuidado no sospecharÃan de que yo pensaba cosas raras sobre ellos; y la circunstancia de que esas cosas solo los hiciese más interesantes no suponÃa en sà una ayuda para mantener ocultos mis pensamientos. Temblaba de pensar que pudieran comprender que de esta forma resultaban mucho más interesantes. No obstante, en el peor de los casos, como tantas veces me dije en mis meditaciones, toda duda acerca de su inocencia solo era —siendo ellos intachables y predestinados— una razón adicional para correr riesgos. Hubo momentos en que, por un irresistible impulso, me encontré cogiéndolos y estrujándolos contra mi pecho. Una vez lo habÃa hecho, solÃa decirme: «¿Qué pensarán de esto? ¿No me estaré traicionando demasiado?» SerÃa fácil embrollarme, triste y desmedidamente, sobre cuánto pude traicionarme; pero el verdadero cuadro, creo, de las horas de paz que aún pude disfrutar fue fruto de que el encanto de mis compañeros seguÃa siendo seductor, incluso cuando lo ensombrecÃa la posibilidad de estar bajo observación. Asà como en ocasiones podÃan albergar sospechas como consecuencia de los estallidos de mi intensa pasión por ellos, también me recuerdo preguntándome si no habÃa algo raro en el perceptible aumento de sus propias manifestaciones.
