Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Es fácil imaginar cómo transcurrieron mis noches a partir de aquella. Repetidas veces permanecí en vela hasta perder la noción de la hora; cuando creía que mi compañerita de habitación dormía con toda seguridad, me escapaba a dar silenciosos paseos por el pasillo e incluso avanzaba hasta donde había encontrado a Quint la última vez. Pero nunca volví a encontrarlo en aquel sitio; y ya podría decir que nunca volví a verlo dentro de la casa. Por otra parte, precisamente en la escalera malogré otra aventura distinta. Mirando hacia la planta baja, reconocí en una ocasión la presencia de una mujer sentada en los escalones inferiores, dándome la espalda, con el cuerpo semidoblado y la cabeza entre las manos, en actitud pesarosa. Sin embargo, solo llevaba allí unos instantes cuando se desvaneció sin volverme la cara. Pese a lo cual, supe exactamente cómo era la pavorosa cara que hubiera mostrado; y me pregunté si, de haber estado abajo en lugar de arriba, habría tenido la misma serenidad para ascender que poco antes había demostrado delante de Quint. En fin, que no faltaron ocasiones para templar los nervios. La undécima noche después de mi postrer encuentro con aquel caballero —ahora las numeraba—, ocurrió un incidente que realmente, por su carácter inesperado, fue el que más me impresionó. Ocurrió precisamente la primera noche de esta serie en que, preocupada por vigilar, había tenido la sensación de que de nuevo podía acostarme, sin pecar de dejadez, según mi antiguo horario. En seguida me dormí, hasta la una, como luego supe; pero cuando desperté fue para sentarme derecha, tan despabilada como si una mano me hubiese abofeteado. Había dejado una luz encendida, pero estaba apagada, y al instante tuve la certidumbre de que había sido Flora quien la había apagado. Eso me hizo ponerme en pie y dirigirme a su cama, en medio de la oscuridad, que encontré vacía. Una mirada a la ventana me iluminó algo más y la cerilla que encendí completó el cuadro.