Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca La niña habÃa vuelto a levantarse, esta vez apagando la candela, y de nuevo con objeto de observar o responder, se apretujaba detrás de los visillos y escudriñaba la noche. Que algo veÃa —la vez anterior me habÃa felicitado de que no fuera as× lo demostraba el hecho de no distraerla mi nueva iluminación ni mi precipitación al ponerme las zapatillas y la bata. Escondida, protegida, absorta, sin duda descansando en el antepecho —la ventana abrÃa hacia el exterior—, estaba entregada. Una gran luna llena la ayudaba y eso pesó en mi rápida decisión. Ella estaba cara a cara con la aparición que habÃamos encontrado en el lago y ahora mantenÃa la comunicación que entonces no le habÃa sido posible. Por mi parte, de lo que yo tenÃa que ocuparme era de, sin interrumpirla, llegar por el pasillo a otra ventana de la misma fachada. Alcancé la puerta sin que me oyera; salÃ, la cerré y, desde el otro lado, escuché sus ruidos. En cuanto estuve en el pasillo mis ojos se clavaron en la puerta del hermano, que solo estaba a unos diez pasos de distancia y que me reavivó de una forma indescriptible un extraño impulso que últimamente denominaba mi tentación. ¿Qué pasarÃa si fuese directamente a la ventana de él? ¿Que si, arriesgándome a provocar su infantil atolondramiento al revelarle mis motivos, atajara el resto del misterio mediante una gran osadÃa?