Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca

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Este pensamiento me dominó hasta hacerme cruzar el umbral de su puerta y detenerme de nuevo. Inexplicablemente me quedé escuchando; me inventé una explicación del prodigio que podía estar sucediendo; me pregunté si también su cama estaría vacía y si también él observaría en secreto. Fue un instante profundo y silencioso tras el que me abandonaron las fuerzas. Él estaba tranquilo, podía ser inocente; el riesgo era terrible; y retrocedí. Por el parque había una figura, una figura que merodeaba, el visitante con quien se relacionaba Flora, pero no el visitante más interesado por mi muchacho. De nuevo dudé, pero por otras razones y solo unos segundos; luego tomé una decisión. En Bly había habitaciones vacías y solo era cuestión de elegir la adecuada. De pronto tuve la idea de que la adecuada era la situada en la planta baja —aunque algo elevada sobre el jardín— de la esquina de la casa a que me he referido con el nombre de la torre vieja. Era una sala grande y cuadrada, dispuesta con cierto lujo como dormitorio, pero cuyo tamaño fuera de lo normal la hacía tan inadecuada que, pese a mantener la señora Grose un orden ejemplar, no se había utilizado en años. Muchas veces había entrado a verla y conocía el camino; luego de vacilar en el primer contacto con las frías tinieblas del abandono, solo tuve que atravesarla y abrir, lo más silenciosamente posible, uno de los postigos. Hecho esto, descubrí el cristal sin hacer ruido, pegué la cara y, no siendo la oscuridad mucho menor que en el interior, comprobé que había acertado con el emplazamiento. Luego vi algo más. La luna hacía que la noche fuera extraordinariamente penetrable y me permitió ver a una persona en el prado, desvaída por la distancia, que no se movía y que, como fascinada, miraba hacia donde yo me había asomado. Es decir, no tanto hacia mí como hacia algo situado ligeramente por encima de mí. Sin duda, había otra persona arriba en la torre; pero quien estaba en el prado no tenía nada que ver con lo que yo había imaginado y a cuyo encuentro me había apresurado a dirigirme. Quien estaba en el prado —me sentí mal al darme cuenta— era el pobre y pequeño Miles en persona.


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